Hombre lobo famoso
La última noche que dormimos en La Paloma (Uruguay) tuve un sueño cuyos surrealistas significados no alcanzo a comprender todavía.
Resulta que en mi sueño yo andaba con ganas de comprar una casa, en un sitio turístico, pongámosle en La Paloma, ya que allí transcurrió el sueño y porque algo tendrá que ver, sin lugar a dudas. Así que un agente inmobiliario me estaba mostrando una posibilidad. El agente vino a ser, nada más ni nada menos, que Tom Selleck, el legendario actor protagonista de la serie Magnum.
Ahora bien, el aspecto de Tom era bastante diferente a cómo yo lo recordaba, y no era por su envejecimiento o por algún que otro cúmulo de bótox. Más bien se trataba del color de su piel, una suerte de oliva enfermizo, enfatizado por algunas laceraciones que exhibían grizáceas carnes, un tanto carcomidas.
Así que, mientras él me mostraba muy entusiasmado la casa en cuestión, yo empezaba a sentir cómo el miedo se me arremolinaba en las tripas, si puede entenderse esta expresión.
Y, hablando de la casa, la misma poseía amplias habitaciones, las que, empezando como corresponde con una estructura arquitectónica reconocible, terminaban de pronto en la nada, encontrándose uno al aire libre, en pleno día (o noche, no recuerdo bien). Así, mitad construida, mitad destruida, la casona no se terminaba de recorrer jamás. Y para colmo, las partes de material, que no eran pocas, habían sido invadidas por hierbas y trepadoras, que lucían su verdor sobre el rosado salmón de lo que quedaba de pared.
A pesar de todo, a mí la casa me gustaba mucho, e incluso estaba a punto de comprarla. Pero hete aquí, que don Tom desapareció de mi vista, al doblar una esquina, justo cuando me estaba advirtiendo que el único problema de esa casa era que solían merodearla muchos hombres lobo. Mientras yo estaba tratando de asimilar estas palabras, lo buscaba con la mirada, hasta que visualicé una especie de rampla o pendiente, construida de roca y madera, justo delante mío. Y en el extremo de esa puta pendiente, alcancé a ver la figura lejana de Tomcito, que iniciaba una feroz carrera hacia mí, gritando como loco, transformándose paso a paso en un lobo gigante, que corría y corría hacia mí, ahora jadeando apestoso aliento.
Y ahí me desperté. ¿Qué se creían? ¿Que me iba a quedar en ese sueño hasta al final?
¡Ni en pedo!
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada