Juego de Roles
Violencia y sumisión son agentes que socavan eficazmente la identidad de los personajes de La 45... no voy a llorar, de eso ya me cansé, la puesta escrita y dirigida por Cecilia Propato. Dos mujeres policía y una monja configuran el escenario de la puesta en una esquina de Buenos Aires. Allí, Rebecca se siente condenada a dirigir el tránsito, luego de haber sido desautorizada para portar su 45 por antecedentes violentos. Mujer práctica e independiente ("No hay sujeto que me sujete", asegura), Rebecca subvierte caracteres femeninos muy tradicionales que sí preserva su compañera. Grace no se atreve a disparar su arma reglamentaria y está sujeta a Chiquito, su esposo.
Grace además estudia teatro y motiva a Rebecca para pasar juntas algunas escenas de Un tranvía llamado deseo (Tennessee Williams). Y aquí los roles se duplican, pero sin traicionar su esencia. Es Rebecca o es Stanley, pero es pasión y violencia. Es Grace o es Stella, pero es sumisión y vulnerabilidad. Es el teatro dentro del teatro, que multiplica los recursos escénicos y establece inquietantes correspondencias entre las historias de sus protagonistas.
Mientras tanto, la monja observa, testigo ocasional durante la mayor parte de la obra, en ese espacio urbano. Pero todavía hay un nivel más de representación que agrega la puesta. Son dos actrices, María Lía Bagnoli y María Laura Rojas, las que interpretan excelentemente a Rebecca y a Grace, respectivamente. Pero es un actor, David Señoran, quien se viste de monja e interpela desde su silencio al espectador.
Género subvertido, identidad socavada y un juego de roles que conduce a La 45... entre el amor y la violencia, entre la comedia y el drama, con el acertado soporte musical de Bebe.

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